lunes, 19 de marzo de 2018

ISLA INVISIBLE

El domingo el museo se volvió campamento. Presentamos "Isla invisible", un proyecto de residencias en las islas de la Bahía Blanca, que iniciamos junto a Laura Biadiú, Massi Díaz, Julieta Gomez, Guido Poloni y Juliana Ramadori, a fines del año pasado.

Para compartir la experiencia, los expedicionarios levantaron en el parque del castillo una carpa llena de tesoros, testimonio de que en la isla (¿pero sólo en la isla?) eso que llamamos trabajo artístico puede parecerse bastante a un acto de supervivencia. Allí la escritura o el dibujo, la escultura o el video, son actividades que se desarrollan a la par de otras, como la fabricación de un banco hecho con maderas que arrastró la marea, imprescindible a la hora de escribir, dibujar, modelar, filmar o tirarse a descansar un rato.

Daniel Porte y Patricia González, guardaparques de la reserva natural "Bahía Blanca, Bahía Falsa, Bahía Verde" y socios, junto a Martín Sotelo, en esta aventura, guiaron al público por el cangrejal que rodea a la usina. En este sitio, alcanzar el mar siempre tiene algo de raro privilegio. Hacía frío, así que a la vuelta hicimos ronda, y en el centro, un fuego, para que Silvana Cinti nos cuente algunas de las historias que recopiló en su libro sobre la bahía, mientras la tarde se iba y la oscuridad nos volvía invisibles de a poco.

La isla a la que viajamos no tiene un nombre. Tiene dos. Algunos la conocen como la "Isla de la gaviota cangrejera". Otros, como el "Islote del puerto". Cada denominación recorta un modo muy distinto de mirar el mismo pedazo de tierra. La "Isla de la gaviota" induce a contemplar un santuario de la naturaleza, y a soñar en él con un mundo ajeno a la huella del hombre. En cambio, el "Islote del puerto" lleva nuestros ojos hacia las luces del polo petroquímico que, justo ahí enfrente, convierte en día a la noche, y a las aves en seres insomnes.

Pero, si lo pensamos un poco, tampoco esa bahía que en 1822 los tripulantes de la goleta Warp bautizaron "blanca", parece ser una sola. Es una si, con los últimos pescadores artesanales, la llamamos "ría", y otra cuando, junto a los geólogos, la nominamos "estuario"; otra incluso en la voz del Licenciado en Comercio Internacional que distingue en ella "un puerto de aguas profundas"; y aún otra para quienes, como Ida Muhamed o Juan Carlos Alesoni, fue alguna vez el patio de su casa.

Ninguna de las islas de la bahía es invisible. Figuran en mapas y cartas de navegación desde hace siglos. Sin embargo, resulta difícil establecer a qué prestamos atención en ellas y a qué somos ciegos, cuáles son los intereses que, de manera abierta o solapada, tabican nuestra mirada. A contrapelo de aquellos discursos que pretenden asignarle una identidad y un destino unívocos, "Isla invisible" invita a reimaginar nuestra relación con este territorio, a ampliar el margen de lo que podemos ver, decir y hacer en ese lugar incierto.




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