martes, 22 de noviembre de 2016

En este museo taller nos da por pensar que las “herramientas conceptuales” no funcionan si no adquieren algo del peso literal de las cosas. Por eso nos propusimos convertir la pregunta central de Caos en el museo (¿Cómo potenciar la relación entre museos y espacio público?) en un artefacto concreto. Entiéndase: no intentamos responder al interrogante, sino tan solo volverlo tangible, dotarlo de una materialidad que sirviera de soporte para ensayar múltiples respuestas. Así nació , un cubo de 2 x 2 x 2 metros, inflable y translúcido, en el que, a contrapelo del célebre “cubo blanco” de la museografía moderna, ya no restan ilusiones de autonomía o clausura. Con él trabajamos, a lo largo de dos sesiones intensas, indagando en su ambigua capacidad para aislar o reunir, para crear -en plena calle- un “nosotros” y un “ellos”, un adentro y un afuera. Atributos que no son privativos de este modesto artefacto, sino compartidos por todos los museos. Como nuestro cubo, cada museo define “maneras de estar juntos o separados”. Nuestra invitó a explorar esa potencia, que si a menudo confirma, también es capaz de desafiar las coordenadas simbólicas de un mundo desigual.



 está hecho con lo que teníamos a mano: láminas de polietileno fabricadas en el polo petroquímico de Ingeniero White, un secador de pelo que robamos del baño de casa y una valija que llegó flotando por el mar. Viene con un folleto, también para inflar, que dice:

Este artefacto se propone a volver tangible un interrogante: ¿Cuál es la relación entre museos y espacio público? Fue fabricado para explorar la potencia de dicha relación. Por eso, aún no tiene función o identidad cierta: es sólo una X. No expresa otra cosa que una incógnita. La incógnita de una ecuación que no cierra. Este cubo es un enigma de tres dimensiones. Un enigma elevado a la tercera potencia.

¿Su volúmen es sala o vitrina? ¿Su interior aísla o reúne?

¿Sus paredes exponen o preservan? 

¿En él se baila, se come, se contempla?

¿Nos ayudan a descubrir cómo?